Si la medicina se deshumaniza, la pseudociencia se pone de moda

El auge de la industria del bienestar revela una crisis en la práctica médica tradicional. Un repaso histórico permite comprender cuáles son hoy las falencias de la medicina por las que no logra satisfacer las demandas de los pacientes.

Es un hecho -por todos conocidos- la existencia hodierna de un amplio abanico de tradiciones médico-espirituales que se ofertan en el mercado como una alternativa a la medicina occidental. Yoga, acupuntura, herboristería, moxibustión, flores de Bach, imposición de manos, mecanismos de autoayuda y autocuración, aromaterapias, son solo una pequeña muestra de la extensa variedad que ofrece la industria del bienestar. En las últimas décadas el consumo de tales tradiciones ha crecido exponencialmente.

Más aún, no es extraño encontrar en revistas dedicadas a la difusión científica la promoción y propaganda de alguna de estas prácticas aparentemente terapéuticas. En aras de formular una ciencia más tolerante y abierta se inauguran innumerables proyectos que buscan integrar la "medicina occidental" con disciplinas antes llamadas alternativas y hoy complementarias. En pocas palabras, la pseudociencia parece estar de moda dentro y fuera de la ciencia.

Esta creciente tendencia no puede ser explicada únicamente por la desinformación y el temor, tal como lo hace, por ejemplo, Jen Gunter en su artículo publicado el 5 de agosto pasado en el New York Times. Allí la ginecóloga expone una serie de teorías conspiracionistas que alimentarían sin sustento el temor y la sospecha contra la práctica tradicional de la medicina. Este análisis comporta, a nuestro entender, un diagnóstico un tanto simplista en la medida que no advierte que junto a estos móviles también pueden co-existir inquietudes y necesidades genuinas. La industria de las terapias no ortodoxa promete una serie de bienes y recursos que no parecen ser ofrecidos por la práctica médica tradicional. Y en este sentido, esta crisis puede ser interpretada como una radical denuncia de la deshumanización de nuestra medicina.

La pregunta que nos interesa hacernos es la siguiente: ¿qué es lo que la medicina occidental ha dejado de ofrecer para justificar esta gran demanda de pseudociencias?

La respuesta es larga y compleja. Para responder esta pregunta deberíamos exponer un extenso derrotero histórico en el cual se le fueron prohibiendo paulatinamente al médico abordar preguntas y cuestiones ajenas a su método. Desde Descartes en adelante, existe un paulatino esfuerzo por delimitar la empresa científica en oposición dialéctica a todos aquellos interrogantes humanos que fueron calificados peyorativamente como metafísicos o pseudocientíficos. Dichos interrogantes tenían que ver con cuestiones aparentemente subjetivas que no podían ser abordadas racionalmente por un método. Ahora, el problema está en que éste es justamente el tipo de interrogantes que abre el paciente cuando entra al consultorio. Planteos humanos, demasiado humanos como para dejarlos fuera de la consulta.

Las pseudociencias parecen haber encontrado aquí su nicho de mercado. Ellas sí están dispuestas a resolverlas apelando a las cosmologías de la New Age, al budismo y a otras religiones orientales con escaso arraigo en nuestra cultura. Y, paradojalmente, como resultado de este proceso, hoy tenemos a las pseudociencias minando la racionalidad de nuestra ciencia. En efecto, estos saberes sedicentemente científicos lejos de "llenar" los vacíos que deja la medicina, los están explotando comercialmente con una suma mayor a los 30.000 millones de dólares por año.

OPORTUNIDAD DE REVISION

La crítica y el rechazo creciente hacia la medicina occidental deben significar una oportunidad para que ella revise sus propias prácticas y teorías. El auge de las pseudociencias la fuerza y obliga a realizar una autocrítica. Galeno de Pérgamo, el padre de nuestra medicina, insistía en que es preciso tomar distancia de las propias acciones para poder evaluarlas y examinar con cuidado si las críticas recibidas son verdaderas o falsas.

Bajo esta consiga la medicina occidental podría formular una autocrítica desde su propia tradición científica. Es decir, revisar sus propios inicios y advertir toda la riqueza humana que ella fue dejando en el camino. De ese modo, en lugar de importar tradiciones ajenas quizás podamos redescubrir la mirada más holística y humana que caracterizaba la práctica de nuestra medicina en sus etapas más tempranas. A saber, antes que la modernidad iniciara el extenso derrotero de prohibiciones y demarcaciones epistemológicas.

No estamos sugiriendo volver a los rituales mágicos, ni que el médico retome el uso de la vara de Asclepio. Galeno se preocupó por demarcar la medicina de la adivinación, la superstición y la brujería. Pero ello no significó, en absoluto, dejar en el reino del sinsentido los interrogantes, las costumbres, los hábitos o, en pocas palabras, todo aquello que compete al bienestar del paciente. Escribió dos tratados -"Diagnóstico y tratamiento de las pasiones del alma de cada uno"; "Diagnóstico y tratamiento de los errores del alma de cada uno"- donde argumenta que el médico debe ocuparse de los hábitos de carácter psíquico, cognitivo y moral del paciente. La avaricia, la ira, la tristeza, las excesivas preocupaciones, el insomnio, el ritmo de trabajo y otras costumbres del alma no deben ser objeto de un interés exclusivamente moral -alegaba- sino materia de la misma práctica de la medicina pues éstas pueden comportarse como factor etiológico de una disfunción del organismo.

El médico de Pérgamo no hablaba de humanismo. Pero ofrece en estas dos obras una galería de retratos de un abordaje humanístico y holístico de la medicina. Paradojalmente hoy se habla mucho, quizás demasiado, de la falta de humanismo. Pero difícilmente podamos definir a ciencia cierta qué es esto del humanismo. Y es que mientras más tenaz ha sido el esfuerzo de la medicina moderna por demarcar y abandonar el humanismo clásico que la caracterizó en sus orígenes, más ambigua y vaga es la demanda de humanismo. Y así queda el humanismo como un rotulo vacío que oscila entre innumerables, e incluso, contradictorios sentidos.

VALORES HUMANOS

Ortega y Gasset explicaba que el médico al entrar en profesión tiene que desarticular su formación científica para organizarla según otro centro y principio; a saber el de los valores humanos. El profesional de la medicina no puede limitarse a citar estadísticas, a aumentar el contenido empírico de su ciencia, o a cumplir el protocolo de la medicina basada en la evidencia. El no es un científico, es un médico. El no hace investigación sino que pone la investigación al servicio del hombre. Ciertamente el ejercicio de su profesión exige que esté actualizado en el constante progreso de la investigación. Pero su tarea fundamental es tratar con el enfermo. Y para ello se necesita mucho más que ciencia y técnica. Ahora bien, ¿acaso el estudiante que ha sido entrenado como científico puede ejercer luego su profesión como un cultivado humanista?

La falta de formación humana en los médicos no es en absoluto una novedad. Desde la segunda mitad del siglo XX se han venido ensayando diversos proyectos y desde diversos frentes se ha ido gestando un nuevo paradigma que entiende a la medicina no ya como una ciencia físico-natural sino como una praxis social. No obstante, de ningún modo podríamos decir que se ha sustituido, por fin, el paradigma decimonónico o que en los contenidos curriculares de nuestras facultades y en la misma práctica médica, se ha consolidado la conjunción de las ciencias físico-naturales y las ciencias del hombre.

Jen Gunter, hacia el final de su artículo admite que los médicos podrían aprender "algo" acerca del bienestar. Ciertamente. Pero lo que no parece ser consciente es de cuánto más éstos deben aprender.

Incluso la medicina antigua, la medicina greco-romana puede enseñarnos mucho. Pues ella conocía justamente este centro y principio según el cual debe ejercerse la medicina. No estamos proponiendo simplemente retroceder la película de nuestra ciencia 2.000 años atrás, ni ochocientos años atrás. No creo que ello, por sí mismo, ofrezca una solución y respuesta para lo que hay de específico, peculiar, e incluso dramático en la práctica actual de la medicina. Pero sí, en cambio, podamos encontrar en dicha tradición médica, un modelo de ciencia, una estructura del saber más atenta a sus implicancias existenciales. Dialogar con los antiguos significa, quizás, la oportunidad de recuperar o reinventar aquella identidad metafísica entre verdad y bien, entre ciencia y servicio, que ellos conocían y practicaban.


Nuestra medicina tiene mucho pasado en su espalda, mucha experiencia. Y este auge de las pseudociencias manifiesta un brutal olvido de su propio pasado. Quizás en lugar de buscar en los chamanes y curanderos este humanismo perdido, podamos empezar a recuperar nuestro propio bagaje humanista que nosotros mismos nos prohibimos.