La economía y el fantasma de las PASO

A poco más de una semana para que se lleven adelante las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) ha recrudecido el tironeo político y las proyecciones varias sobre una economía que no arranca ni lo hará mientras siga en pie el actual esquema de altas tasas de interés que asfixian al sector productivo.

En los últimos días los candidatos principales disputaron un round en torno a la política monetaria, con argumentación de fogueo. La luz recayó entonces sobre las Letras de Liquidez del Banco Central, las afamadas Leliqs, reemplazantes de las ponzoñosas Lebacs que hicieron de la bicicleta financiera, una vez más, el deporte nacional.

Para un votante de a pie, que no lee noticias económicas más allá de los precios que debe afrontar cotidianamente, las Leliqs no son más que una sigla extraña. Tampoco conocen, ni tienen porqué hacerlo, el funcionamiento de este instrumento financiero mediante el cual el Gobierno ha logrado adormecer temporalmente al dólar para llegar a las elecciones sin zozobras.

La dinámica es sencilla: los bancos utilizan el dinero de los depósitos para comprar las Letras del Banco Central, que hoy en día otorgan una tasa de interés del 60%, y parte de ese ratio –no todo, claro está- lo trasladan a los plazos fijos realizados por los depositantes. El dinero, casi mágicamente, se multiplica sin trabajar. Y todos contentos.

La contracara es, precisamente, que ese flujo de capital que toma el sistema bancario como depósito, y que debería ser prestado en forma de crédito para lubricar la actividad productiva, termina yendo a la vía muerta de las Leliqs. Y ya se sabe, sin financiamiento para la producción no hay economía que levante cabeza.

En esa esgrima verbal que significa siempre una campaña electoral, al candidato Alberto Fernández se le ocurrió decir que no convalidaría este nivel de tasa en caso de ser presidente, y que con apenas una parte de ese dinero bastaría para pagar un aumento de las jubilaciones. Fue sólo una expresión de voluntad, pura pirotécnica verbal.

Las PASO dan lugar a este tipo de debate vacuo. El desmonte del esquema de Leliqs, que resulta urgente y necesario, deberá ser afrontado por quien gane la presidencia y gobierne a partir de diciembre, pero no es un tema que hoy domine la agenda de los votantes. Se trata de una tarea de ingeniería financiera sólo para expertos.

Las primarias abiertas se han transformado también en un mojón, una señal que marcaría un antes y un después en el tiempo de esta atribulada Argentina. A los economistas les gusta hacer proyecciones y vaticinar vendavales. Flaco favor le hacen a la tranquilidad del ciudadano cuando especulan el alto o bajo impacto que el resultado electoral preliminar tendrá sobre la marcha de la economía. O mejor dicho, sobre esta economía que no marcha.

Petardista de ley, Domingo Felipe Cavallo se dedicó a zamarrear la Pax Cambiaria, que está apenas prendida con alfileres, desde su blog personal. Allí dijo, y fue replicado por la prensa, que el triunfo electoral del kirchnerismo se traduciría inmediatamente en una fuerte devaluación e hiperinflación. Vanas advertencias del arquitecto de la Convertibilidad, que ha perdido predicamento y sólo lo sostienen algunos de sus adláteres.

También la Fundación Mediterránea puso a las PASO como una divisoria de aguas. En su último informe remarcó que a partir del resultado “hay que esperar derivaciones sobre la economía en las 11 semanas que las separan de los comicios de octubre”. Y agregó: “Se trata de un escenario con mercados inestables, ya que bancos de inversión influyentes prevén un riesgo país por debajo de 500 puntos o por encima de 1.000, según los resultados”. Una vez más, gracias por darnos tranquilidad.

Lo cierto es que todo el proceso político y económico por el que atraviesa la Argentina tiene como telón de fondo el acuerdo firmado con el Fondo Monetario Internacional. Superadas las elecciones, dirimida la pulseada en torno al Sillón de Rivadavia, no quedará mucho margen para patear el tablero en términos de economía.

El FMI nos ha prestado la cifra record de u$s 57.000 millones y se dispondrá a cobrarlos en los años venideros, para lo cual marcará la cancha en lo que tiene que ver con la ejecución del gasto. Lo que hay por delante, y que los candidatos nunca dirán, es sacrificio y alta inflación. Tal vez, si se hacen las cosas bien y el mundo ayuda, algo de crecimiento.

Quienes voten a los Fernández soñando con el retorno de aquellos años de políticas expansivas y generoso consumo interno, no estarán más que anidando en una enorme ingenuidad. Los tiempos históricos son definitivamente otros y el contexto nacional marca una agenda diferente. Es obvio, en esto cada fuerza política aplicará sus matices.

Quienes, por el contrario, se decidan por renovarle la confianza a la gestión Macri, también serían tan ingenuos como los anteriores si hunden la boleta en la urna pensando que esta vez sí llegarán masivamente los brotes verdes o que el crecimiento nos espera en el tan esquivo como mítico segundo semestre.

No hay por delante ni lo uno, ni lo otro. De este pozo se saldrá transpirando la camiseta. Siendo disciplinados con las cuentas púbicas, con probidad –materia en la cual ninguno de los dos principales contendientes parece ser demasiado calificado-, mucha muñeca política y sentido común para que las planillas financieras no pesen más que la Argentina de carne y hueso.

En esa mesura del estratega, en la inteligente calma que debe tener quien conduce, no caben hoy en día las propuestas extremas. No hay lugar para políticas calientes. Ni para el liberalismo kamikaze que propone eliminar los impuestos y abrir por completo la economía, ni para las bravuconadas de izquierda que alientan el rompimiento con el FMI y la expropiación a mansalva. La hora reclama la astuta tibieza del estadista.