Adiós a las bandas

De ahora en más el Banco Central sabe que se juega la suerte del modelo y de la gestión Macri a la posibilidad de frenar una corrida cambiaria. Será a cara o cruz contra el mercado, y para salir airoso deberá dejar en claro que su compromiso es firme. Traducido en pocas palabras, cuando le midan fuerzas tendrá que poner sobre la mesa de ofertas no 150 o 250, sino u$s 3.000 millones.

En la vorágine de los tiempos que corren, a esta altura de la semana, lo ocurrido el lunes toma pronto un tono sepia. Quedaría olvidado en el archivo si no fuera que se trata de la decisión del Banco Central, es decir del Gobierno, de quitarse las ataduras de encima y salir a intervenir a pleno en el mercado cambiario si las circunstancias así lo requieren.

Desde entonces hubo algunos paros, varias movilizaciones, un feriado y un escarceo de política internacional en Venezuela que terminaron por sepultar una medida que puede ser clave para la estabilidad argentina, pero que por sus componentes técnicos no termina por hacerse carne en la gente.

Hay que barrer la hojarasca para reencontrarse con aquella decisión de política monetaria. De ahora en más el Banco Central sabe que se juega la suerte del modelo y de la gestión Macri a la posibilidad de frenar una corrida cambiaria. Será a cara o cruz contra el mercado, y para salir airoso deberá dejar en claro que su compromiso es firme. Traducido en pocas palabras, cuando le midan fuerzas tendrá que poner sobre la mesa de ofertas no 150 o 250, sino u$s 3.000 millones.

De alguna manera esta pasa a ser la cuarta versión del acuerdo firmado con el FMI. Un pacto repleto de retoques, a los que el organismo accede por razones que más tarde intentaremos develar. El préstamo récord de u$s 57.100 millones exigía una serie de condiciones demasiado rígidas para el oscuro panorama argentino y la curiosa psiquis del inversor-ahorrista local.

Lo cierto es que el primer programa debió ser renegociado ante el incumplimiento de las metas, mucho antes de lo previsto. El segundo estableció el esquema de bandas cambiarias con actualización de piso y techo, además de control de agregados monetarios. Tan ancha era esta avenida, la famosa Zona de No Intervención, que esperar a que el precio del dólar atravesara la línea superior para salir a frenarlo equivalía a arder en las llamas mismas de la corrida.

La tercera versión implicó un cambio no menor: se congeló el techo de la banda, con lo cual el Banco Central podría intervenir para contener una escalada del billete verde cuando la cotización superara los $51,45. Las zozobras de las últimas semanas terminaron de convencer a propios y extraños que de poco servía esta estrategia.

Fue así que desembocamos en la cuarta etapa, denominada técnicamente de flotación sucia. Es decir, el precio del dólar se moverá de acuerdo a la pauta de la oferta y la demanda, tal como le gusta al FMI, pero el Central tendrá la libertad de salir a cruzarlo cuando lo crea conveniente. Y esto, en un año electoral con alta volatilidad implícita, será más temprano que tarde.

Ya se sabe, al menos en la Argentina, detrás de los sacudones del dólar se esconde un brioso proceso inflacionario que traduce en alzas de precios cada movimiento alcista de la divisa. En este contexto también quedó claro que la tasa de interés como instrumento de política monetaria no basta en sí misma para frenar precios, mucho menos cuando hay variables que le son ajenas y fogonean el proceso, tal el caso de las tarifas.

A esta altura del partido entonces el Gobierno tiene dos herramientas en su caja: la tasa y ahora la libertad para vender reservas en caso de ser necesario. A esto le suma una experiencia novedosa: la posibilidad de que los ahorristas abran plazos fijos en bancos donde no son clientes, vía homebanking. Allí adonde haya mejor oferta de tasa irán los clientes, buscando una rentabilidad en pesos que los alejará momentáneamente del dólar.

Cuando uno hurga en las razones con el afán por saber porqué ocurre lo que ocurre, cuando consulta con economistas que abrevan en fuentes diversas, las respuestas se abren como un abanico. Pero siempre hay una columna vertebral, un eje que tiende a unificar criterios.

Hay, por lo pronto, una razón política que tiende a clarificar los motivos por los cuales el Fondo Monetario Internacional se ha mostrado tan flexible en las negociaciones antes los sucesivos requerimientos argentinos de aflojar el torniquete monetario, en un plazo considerablemente breve.

Primero, dicen los que saben, el FMI y la Argentina tienen a sus espaldas una rica historia de desavenencias y programas frustrados, malas experiencias que el organismo desearía revertir.

Otorgarle un préstamo récord, de 13 veces su cuota, a un país flojo de papeles en materia de conducta, con repetidos defaults en su haber, es toda una apuesta. Y el Fondo esta vez no la quiere perder.

También es cierto que de Christine Lagarde hacia abajo en la pirámide de poder de la entidad financiera prefieren mil veces negociar con Mauricio Macri, pese a sus idas y vueltas, que tener que lidiar con Cristina Fernández de Kirchner, en el hipotético caso de que se presentara y ganara las elecciones presidenciales. Exponer a la gestión actual a la agudización de la crisis no haría más que diezmar sus chances de reelección, y eso lo saben en Washington. De allí los repetidos salvavidas.

Hay otra razón que trasciende nuestras fronteras y se inscribe en la geopolítica. Estados Unidos se juega en la región el prevalecer como potencia frente a un adversario que le hace sombra: China. Por eso es que ha sido el principal impulsor y sostén a la hora de aprobar el mega crédito para la Argentina, a sabiendas de que un retorno del kirchnerismo sería contrario a sus intereses.

Un nombre clave en este armado de política internacional y rescate financiero es el estadounidense David Lipton, número dos del FMI y encargado de encausar las relaciones con las economías de América Latina.

La idea dista de ser una mera elucubración teórica. Basta recordar que durante el gobierno anterior, con el acceso vedado a los mercados, fueron las líneas de financiamiento de China y, en menor medida, de Rusia las que lubricaron la obra pública y el sistema financiero local. Una experiencia que Estados Unidos no desea ver reiterada en su zona de influencia.

Así las cosas, como a un boxeador al que sostienen desde el rincón para que no se caiga, el Gobierno saldrá a dar pelea. Un economista consultado por La Prensa supo graficar el momento: “Al Banco Central lo van a torear. Y cuando eso ocurra, espero que no haya dudas. Tiene que salir a noquear”.